Los girasoles israelíes son iguales a los del resto del mundo y sus pipas tienen el mismo sabor, pero crecen en el desierto de Israel y están regados por agua salada del subsuelo. Boniatos, batatas, sandías, melones, tomates y alcachofas se plantan y crecen el un desierto donde antes sólo había agua salada. Dependiendo del cultivo, un ordenador determina qué cantidad de agua salada se mezclará con agua dulce para ahorrar en el riego. Agua del mar que llega a los grifos y que se usa en un sistema de riego por goteo para ahorrar aún más agua. En la costa israelí se están construyendo nuevas plantas gigantes de desalinización. Una de ellas tiene un coste de doscientos millones de euros. Son plantas automatizadas en las que se purifica agua salada procedente del mar y del subsuelo. Un sueño que ya tuvo Aristóteles y que en Israel se ha hecho realidad.
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